La ocupación humana en el sur de Campeche se extendió hasta poco antes del contacto europeo, incluso en regiones con condiciones ambientales adversas y sin grandes centros urbanos. Evidencias recientes muestran que comunidades mayas se establecieron y permanecieron activas en zonas consideradas periféricas, adaptándose a suelos delgados, humedales y afloramientos rocosos que limitaron el desarrollo de ciudades monumentales.
Estos datos provienen de una investigación arqueológica realizada en la Reserva de la Biosfera Balam Kú, donde se identificaron asentamientos con estructuras de hasta 13 metros de altura y pirámides con funciones cívico-ceremoniales. En uno de los sitios se localizó una ofrenda compuesta por fragmentos cerámicos, una punta de pedernal y restos animales, posiblemente de tepezcuintle o armadillo, fechada de manera preliminar en el Posclásico Tardío, lo que confirma la continuidad de ocupación hasta el siglo XVI.
A diferencia de regiones como el Petén o los Chenes, esta franja selvática no presenta condiciones favorables para la agricultura intensiva, lo que explica la ausencia de grandes ciudades. Sin embargo, los asentamientos documentados revelan patrones de movilidad y reorganización social asociados al periodo posterior al colapso de las estructuras políticas del Clásico maya.
Entre los conjuntos identificados se encuentra una cancha de juego de pelota construida sobre una edificación anterior, posiblemente del Clásico Temprano. Restos de estuco y pigmentos sugieren que el espacio tuvo un uso ritual sostenido y fue reutilizado durante distintas etapas históricas, reflejando una ocupación prolongada del territorio.
Otro hallazgo relevante corresponde a una plaza ceremonial dominada por una pirámide que fue modificada en diferentes momentos. Bajo el piso de la plaza se detectó un sistema de drenaje subterráneo, posteriormente cubierto, lo que evidencia un alto grado de planificación arquitectónica y adaptación al entorno selvático. Este conjunto se localiza a pocos kilómetros del sitio conocido como Nadzcaan, lo que sugiere vínculos dentro de una red de asentamientos menores.
La localización de estas estructuras fue posible gracias al uso de tecnología LiDAR, que permitió escanear cerca de 140 kilómetros cuadrados y detectar edificaciones ocultas bajo la vegetación. El proyecto, encabezado por el arqueólogo esloveno Ivan Šprajc con autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia, contó con la participación de especialistas mexicanos y europeos.
Los investigadores señalan que estos hallazgos obligan a replantear la narrativa tradicional del colapso maya. Más que un abandono total, la evidencia apunta a una transformación del modelo social, en la que comunidades menos monumentales, pero funcionales, permitieron la persistencia cultural en regiones que hasta ahora habían sido ignoradas por la arqueología.






